Luché contra la ley

Según el Real Decreto 505/2007, de 20 de abril, ‘‘por el que se aprueban las condiciones básicas de accesibilidad y no discriminación de las personas con discapacidad para el acceso y utilización de los espacios públicos urbanizados y edificaciones’’, la Constitución Española establece en su artículo 49 que ‘‘los poderes públicos realizarán una política de previsión, tratamiento, rehabilitación e integración de los disminuidos físicos, sensoriales y psíquicos, a los que prestarán la atención especializada que requieran y los ampararán especialmente para el disfrute de los derechos que este Título otorga a todos los ciudadanos’’.

¿Suena bien, verdad?, pero, ¿qué pasaría si usted asistiese a un concierto y pretendiesen llevarlo a una zona donde, como mínimo, podría ver a su grupo favorito a través de una pantalla?, ¿qué pasaría si tras horas de cola un vigilante de seguridad le expulsase de la zona aunque le intente explicar que sus entradas son para la zona de pista? Pues bien, esta situación la experimenté hace un mes.

El pasado viernes 15 de diciembre, Loquillo celebró en el ‘‘Wizink Center’’ (antiguo ‘‘Palacio de los Deportes’’ de Madrid) el último concierto de su gira ‘‘Salud y Rock and Roll’’. Por este motivo, una servidora se trasladó a la capital de España. Una vez allí, coincidí con Paula de ‘‘Loquillo Fan Club’’, quien me apuntó en una lista para reservarme sitio en la fila. Después me marché al hotel. Más tarde, cuando todavía quedaban dos horas para la apertura de puertas, mi madre (quien me acompañó al concierto) y yo volvimos a la fila. Para nuestra sorpresa, el personal de seguridad los había echado de la fila y los encontramos enfrente del recinto. Entonces, cuando hacía apenas 10 minutos que esperábamos junto con el resto de seguidores, el vigilante se acercó a nosotras y nos dijo que no podíamos estar ahí, que tenía que ir a la zona de movilidad reducida. En ese momento, le explicamos mi caso: que llevaba 9 conciertos de esta banda y todos en primera fila; además, la silla de ruedas la utilizaría solo para los desplazamientos y al comienzo del concierto se quedaría plegada donde no molestase. Al parecer, al guardia no le satisfizo nuestra respuesta, aunque insistió en que dejáramos la silla en el acceso de movilidad reducida y después no fuésemos a la pista. A las siete y media de la tarde, cuando abrieron las puertas, otra persona de seguridad incidió en que mi silla de ruedas debía quedarse ahí. Una vez dentro, quien nos revisó las entradas nos dijo que con dejar la silla de ruedas en el guardarropa era suficiente. Mientras, alguien del personal del Wizink se llevó nuestras entradas y ya se veía a muchos fans dentro del recinto. Afortunadamente, mi padre y mi hermana que venían con nosotras pudieron sacar la silla a la zona, pues ellos tenían asientos reservados y no tenían que preocuparse por si alguien les quitaba el sitio. Cuando nos devolvieron las entradas, nos colamos delante de todo el mundo y al llegar a la pista nos encontramos con gran parte del club de fans, entre ellos Silvia y Jesús, quienes me hicieron hueco en primera fila.

Fotografía de Richard Polom.

Como ya he explicado, no es la primera vez que voy a un concierto. Sin embargo, no deja de sorprenderme la falta de empatía, sensibilidad y adaptaciones en este tipo de eventos. Además, esta situación supone un acto de discriminación hacia cualquier persona con diversidad funcional.

No obstante, estas no fueron las únicas limitaciones con las que me encontré en mi periplo por  Las Calles de Madrid. Al día siguiente, a la hora de comer, fuimos a un bar situado cerca de nuestro hotel: ‘‘Jacaranda’’. Para mi sorpresa, este local contaba con un gran escalón a la entrada. Por este motivo, cuando la camarera se dispuso a atendernos le pedí una hoja de reclamaciones: ‘‘¿Por qué, cariño?’’- fue su respuesta. En ese momento, mi madre (más calmada que yo) le explicó la situación. Pasados unos minutos llegó el dueño de la instalación y su respuesta fue que desde la Junta del Barrio de Salamanca le habían obligado a retirar la rampa que había anteriormente. También intentó decirnos que cuentan con una rampa portátil y que podríamos haberla solicitado. Más tarde, todo transcurrió con aparente normalidad: comimos y nos marchamos sin que nos dieran una hoja de reclamaciones.

Así, a este respecto varias dudas vagan por mi mente, ¿cómo podría desenvolverse una persona con discapacidad ante situaciones como esta?, ¿cómo pretenden hacernos creer que todos somos iguales si, en la práctica, esto no es real?, ¿somos todos iguales?

 

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